Chaleco rojo

La bibliotecaria mira de reojo, acomodo el asiento, dejo la fotocopia en el mesón. Encorvo la espalda y despabilo mis ojos para dejarlos caer sobre una hoja blanca llena, hasta ahora, de líneas negras en vez de palabras. Empiezo. Trato, pero no puedo. Las palabras se mezclan borrosas unas con otras, las que están en negrita, las subrayadas, y se confunden con  cosas, como el recuerdo de una fiesta, gente que pasa detrás de una ventana (y a veces devuelve la mirada) y una mujer que hace sonar las teclas de un computador. No quiero leer. Empiezo de nuevo.

Me va mejor: no entiendo mucho, pero al menos leo. A ratos alguien arrastra su zapatilla o murmura economía. Remato una página. Pienso en la pega de bibliotecaria ¿Habrá algo más que hacer que mirar de reojo a la gente que entra? No sé, pero tiene libros en la mesa. Detrás de la ventana dos amigos pasan y no los puedo saludar. Alguien golpea sus uñas contra la mesa. Alguien da vuelta una página.

Pasan las hojas. A ratos quedan ideas, palabras en la cabeza. Hago anotaciones.

La ventana me distrae, después me daría cuenta de ello. Pienso que las bibliotecas no deberían tenerlas. En realidad, lo que me distrae son las personas que pasan, estudiantes tan chicos que la vida no los apura. Busco algo más y me encuentro con mi destacador, hasta ahora inservible, apoyado sobre la fotocopia, al lado de un lápiz. Siempre muerdo el lápiz.

Las manchas de la mesa a veces forman dibujos. Puede ser una cara o un perro. Vuelvo a la ventana cuando afuera está gris y no pasa nada más. Tocan mi hombro. “Mejor estudia”, me dicen al oído con volumen casi imperceptible, pero que en esta tarde suena como un grito en el desierto. Arregla el día, sí, pero la Vale se va y me frustra las ganas de conversar. Quedo solo. Miro la fotocopia.

El número seis, en la esquina de la página, aparece como burlándose: no he avanzado casi nada. Alrededor la gente es mayor y se acomoda en los asientos cercanos. Usan ternos, conversan de la pega, se toman un café. Venirme al casino me trajo a esto.

Al frente mio, una pareja se besa. Leo. A ratos recreo la vista con una mujer que se acomoda en su asiento. Creo que es fanática de la cafeína. Veo su chaleco rojo en medio de ternos grises, su ceño fruncido sobre sus lentes, su aire intelectual. Está sola. Un rato atiendo su murmullo y reconozco palabras salidas de un texto que trata de entender, que se mezclan con sonidos guturales al tragar una galleta. Deja el papel con migas y va a comprar café.

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