Juegos de niña
Detrás de una chela negra me dice que está pololeando. Me había adelantado antes de llegar acá “tengo noticias sentimentales”. Yo no traté de adivinar hasta ahora, que tengo media chela en la cabeza, miro a los clientes frecuentes del lugar y me vuelo con la estética alrededor.
- ¿Con Esteban?
- No, adivina
- Con Camilo
Las viejas que atienden de seguro escuchan. Pienso que hay algo en ellas que las hace más alemanas de lo que se ven: una fijación por el chisme (que esconden, obvio) que se suma a un conservadurismo en lo moral. ¿El resultado? Somos pervertidos. El nivel de nuestra conversación pasará sus límites.
“Apaga esa cosita”, me dice la Ale cuando enciendo la grabadora. A ella le gustó el lugar. Le gustó que fuera alemán (hay en ella una fijación por todo lo de ese país) , que los tipos que vienen sean viejos que se saluden unos con otros. Y, como todo lo que de alguna u otra manera capta la atención de Alejandra, lo encoentró raro. Raro, cuático, jevi, freak. Apago la grabadora y le digo que me repita la historia que hace un rato me contó.
A la Ale le encanta no pertenecer a algún estereotipo y, a decir verdad, de buenas a primeras es bastante única en su especie. Odia a las tribus urbanas y las ondas quizás porque es prejuiciosa. Pero hay cosas que pueden definir un poco más a Alejandra. Una de ellas es que fue metalera y por eso prefiere los grupos de hombres, vestirse piola y sin maquillaje. Alejandra puede estar todo un día diciendo quiero una piscola. La otra es que estudia arte. O sea, es sensible, llevada de sus ideas, exquisita con la ropa que se compra en Bandera y totalmente abierta en lo sexual. Hace poco me contó que fue a un par de fiestas calentonas. Todos en pelota. Todos culiando.
La Ale me empieza a contar algo de cuando era niña. Recuerdo que una vez vi una foto de ella pendeja junto a su familia y aparecía mañosa, con el ceño fruncido. Y es que ahí se juntaron dos cosas que odiaba: las fotos y su familia. Ella prefería mil veces estar con sus amigos que con sus cinco hermanas y su madre. Fue en esa época donde tomó una exquisita costumbre: escalar árboles. Como la vez que hace poco se subió al árbol de su vecino a botar paltas, mientras yo las recibía desde abajo. O cuando quedamos de juntarnos y, después de darla por desaparecida, me llama diciendo “adivina donde estoy”. Miré hacia arriba y ahí estaba.
Entonces toma un sorbo de chela y me cuenta. Dice que era niña. Dice que estaba en el jardín infantil, que con sus amigos jugaba y de repente iban al baño. Que cerraban con pestillo, se sacaban la ropa y quedaban en pelota. Dice que se tocaban el poto y cosas. Que no lo encuentra raro, que es normal en los niños. Ahí estaba Camilo, dice. Ahí estaba el ex scout que grita en vez de hablar, cree que su verdad es la única y que es experto en todas las cosas. Un tipo con el que no se puede conversar.
Pagamos, salimos y nos despedimos. Me voy a carretear y ella va donde Camilo, su nuevo pololo, el que mejor le agarraba el poto cuando niña, su mejor amigo pre y postadeolscente y la despedida de mi última chance con ella.